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miércoles, 1 de diciembre de 2010

Leviatán de Thomas Hobbes


            En la segunda parte de la obra, titulada “Del Estado”, Hobbes menciona la necesidad de un poder central que regule todo el poder del Estado, para que no esté disperso y desordenado, lo que puede llevar al caos de la sociedad. Por ello, debe existir un soberano que controle el poder de todos los individuos. Así, el autor comienza a hablarnos de su idea de Estado como Dios creado y un monstruo inmensamente poderoso.
            Uno de sus primeros postulados es que al hombre le resulta imposible vivir en sociedad sin la existencia de un poder coercitivo, a diferencia de los animales, que por su falta de raciocinio no entran en conflicto. El hombre es un individuo demasiado complejo como para dejarlo vivir sin ningún tipo de restricción.
            Más adelante, Hobbes habla sobre las cualidades del soberano, que puede obtener el poder por fuerza natural, es decir, sometiendo al pueblo, o siendo escogido por éste voluntariamente a través de una votación. Ahora bien, el formar un Estado existen algunas consecuencias, como tener respetar las órdenes del soberano sin objeciones ni protestas. Por lo tanto, su poder es absoluto y no puede ser confiscado por nadie, como si existiera un pacto firmado que puede ignorar. Ya que los súbditos han sido los electores de su soberano, las decisiones de éste también son de ellos, por lo que se hacen incuestionables. Este mismo argumento permite a Hobbes afirmar que los súbditos no pueden acusar al soberano por injusto o injurioso, pues la acusación también recaería en ellos.
            Al continuar la obra, el autor nos dice que sólo existen tres posibles tipos de Estado: Monarquía (controlada por una sola persona), democracia (comandada por una asamblea general de todos los habitantes del Estado) y Aristocracia (en donde gobierna un grupo de personas, las más aptas). A lo largo del texto se van describiendo cada una de estas formas de gobierno, con sus cualidades y defectos. Cabe destacar la existencia de un dato histórico: los libros de historia política de la época tomaban los conceptos de tiranía y oligarquía como sinónimos de monarquía y aristocracia, respectivamente.
Por otra parte, se habla de los derechos de sucesión del poder. Al morir el gobernante, hay dos opciones: el pueblo puede elegir otro, o bien asume el heredero que el


soberano había elegido antes de su muerte. A partir de este último tipo se sucesión existen tres formas posibles:
1.      Por conocimiento público: el soberano, a través de un testamento, da a conocer a sus súbditos al próximo gobernante.
2.      Por costumbre: si no dejó un sucesor, se elige al primer hijo hombre.
3.      Si el gobernante no tuvo hijos hombres, se buscará al hombre de parentesco más cercano para que lo reemplace.
Así como los súbditos deben obedecer a su señor, los hijos también a sus padres. Éste último tiene dominio sobre sus hijos ya sea por derecho paternal, o bien lo obtienen por contrato. Si no existe un contrato, es la madre quien tiene el dominio, pues de seguro es su progenitora, a diferencia del padre, que no siempre queda tan claro. De la misma forma un siervo y todas sus pertenencias son del señor al que sirve, que mediante un pacto controla toda su vida. Los hombres ceden su poder al soberano y éste les brinda protección.
Hobbes también recurre a varios pasajes bíblicos para argumentar el respeto que los súbditos deben tener hacia su soberano. Tanto poder es, en cierto modo, una cualidad divina que se le ha entregado al gobernante en este gran Leviatán.
Sin embargo, una de las grandes temáticas de la obra es la libertad. Para el autor, la libertad del hombre debe ir siempre dirigida al bien del Estado, procurando la paz entre los habitantes y la defensa del enemigo común. El hombre también es libre de defender su cuerpo y su integridad (por ejemplo, no puede acusarse a sí mismo de un crimen). Sin embargo, no tiene libertad para desobedecer lo que tiene por fin el bien de la soberanía.
Con un fin práctico, se hace una división de la sociedad según sus intereses y negocios. Así, los súbditos pueden ser regulares si tienen un representante o una asamblea, los demás serán irregulares. Toda la sociedad queda dividida y también se analizan posibles problemas entre los integrantes de la asamblea, en especial económicos.
Finalmente, el soberano tiene la facultad para designar algunos ministros que se encarguen de otras tareas del Estado. Parte del poder reside ahora en estos “representantes” del gobierno que pueden dedicarse a diferentes requerimientos del Estado.

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